Di Piazza explora el progreso y la naturaleza
- La serie Ashes To Ashes imagina un mundo que se construye y se consume a sí mismo en ceniza, humo y brasas.
- Fulvio Di Piazza contrapone la “energía natural” con la energía producida por el ser humano “en nombre del progreso”, que asocia con destrucción.
- La muestra en Jonathan LeVine Gallery marcó su primera exposición individual en Nueva York y su segunda en Estados Unidos.
- La inspiración del proyecto se articuló entre una lectura (Jeremy Rifkin) y una escucha casual en la radio (David Bowie).
Título de la exposición ‘Ashes To Ashes’
“Ashes to ashes” es una frase que, por su propia historia cultural, parece diseñada para cargar significados en capas. Puede remitir a rituales funerarios, a referencias pop ampliamente reconocibles y a relatos de ciencia ficción; su potencia está en esa capacidad de circular y reactivarse según el contexto. En el caso de Fulvio Di Piazza, el título funciona como una llave de lectura para una serie pictórica que no se limita a ilustrar un paisaje en ruinas: propone una visión envolvente —casi de 360 grados— sobre ciclos de vida, consumo y transformación.
En Ashes To Ashes, la ceniza no es un simple residuo. Es materia y metáfora. En las escenas, el mundo aparece a la vez edificado y devorado por lo mismo: polvo oscuro, humo que se expande, brasas que saltan desde ojos y bocas. La frase del título, entonces, no se queda en el gesto poético; se vuelve descripción literal de lo que ocurre en el lienzo y, al mismo tiempo, comentario sobre lo que el artista entiende como el costo del “progreso” humano.
El título también encuadra el tono emocional de la serie. No se trata de una catástrofe instantánea, sino de un estado de combustión sostenida: paisajes humeantes, montañas que parecen hechas de leña retorcida y carbonizada, rostros que emergen como si fueran parte del relieve. La ceniza, tan fina al tacto, se convierte en el reto técnico y conceptual: ¿cómo pintar algo que es, por definición, lo que queda cuando todo lo demás ya ardió?
En ese sentido, Ashes To Ashes nombra tanto el tema como el método. Di Piazza trabajó durante meses para capturar la esencia cromática y material de la ceniza, estudiando imágenes de paisajes cubiertos por polvo volcánico hasta dar con una paleta convincente. El título, lejos de ser un adorno, resume el núcleo de la serie: un universo donde la combustión no es un episodio, sino una condición.
Ubicación de la exposición en Nueva York
La exposición se presentó en Jonathan LeVine Gallery, un espacio que en esta ocasión funcionó como punto de encuentro entre una pintura de altísima minuciosidad técnica y un imaginario de alcance casi cinematográfico. La elección de la ciudad no es un dato menor: Nueva York es un escenario donde conviven discursos sobre modernidad, consumo, aceleración y cultura visual global. En ese contexto, una serie centrada en cenizas, humo y ruinas adquiere una resonancia particular, porque dialoga —sin necesidad de subrayarlo— con la idea de progreso como fuerza ambivalente.
La muestra en la galería neoyorquina permitió ver reunidas las piezas de una serie concebida como conjunto: imágenes que comparten atmósfera, paleta y una lógica interna de metamorfosis. En los lienzos, el humo “sale” desde múltiples puntos, como si el aire mismo estuviera saturado; las brasas parecen dispararse desde los rasgos antropomórficos; y las montañas, lejos de ser fondos pasivos, se convierten en presencias con rostro. En sala, esa repetición de elementos —ceniza, humo, fuego— no se siente redundante, sino insistente: una forma de construir un mundo coherente donde la destrucción no es final, sino proceso.
Jonathan LeVine Gallery fue, además, el marco para un hito biográfico. Esa condición de “primera vez” suele cargar expectativas, pero aquí se tradujo en una presentación que enfatiza lo que el artista viene elaborando desde hace décadas: una naturaleza imaginada que, aun cuando se vuelve oscura y erosionada, conserva una energía propia.
La ubicación también importa por lo que implica en términos de circulación. Presentar esta serie en Nueva York inserta el trabajo de un artista radicado en Palermo en una conversación más amplia sobre pintura contemporánea, fantasía sublime y comentario social abierto. La ciudad, con su densidad de públicos y lecturas posibles, amplifica el carácter enigmático de estas obras: invitan a mirar de cerca, a buscar el origen de lo que se ve y a aceptar que no hay una época precisa a la cual anclar ese mundo.
Inspiración de Fulvio Di Piazza
La inspiración de Ashes To Ashes no se reduce a una sola fuente, sino a un encadenamiento de hallazgos que terminaron por darle forma conceptual y hasta nominal a la serie. Di Piazza estaba trabajando en una pintura clave, “Uomo Nero”, cuando se topó con un libro en la biblioteca de su suegro. Ese encuentro abrió una vía de reflexión sobre entropía, termodinámica y, sobre todo, sobre la lectura filosófica de esas ideas. Poco después, una canción escuchada en la radio terminó de cerrar el círculo: el título y el impulso final para articular la exposición estaban ahí.
Lo interesante es que estas influencias no operan como citas literales. No hay una traducción directa de conceptos científicos o letras de canciones a imágenes. Lo que aparece es una atmósfera: un mundo donde la energía se manifiesta como combustión, donde el residuo (la ceniza) se vuelve protagonista, y donde el “progreso” humano se presenta como una fuerza que altera el equilibrio natural. El artista lo expresa con claridad al contraponer “energía natural” y progreso, que en su interpretación equivale a destrucción.
En ese marco, la inspiración funciona como detonante de una pregunta más amplia: ¿qué queda cuando el impulso de construir se vuelve indistinguible del impulso de consumir? En los lienzos, esa pregunta se resuelve con una iconografía insistente: humo que invade, brasas que emergen de los cuerpos, montañas que son rostros, paisajes que parecen al mismo tiempo escenario y personaje.
La serie también se alimenta de una búsqueda personal: Di Piazza dijo estar tratando de encontrar algo que percibía ausente en la vida cotidiana. Esa ausencia —la de una energía “natural”— se convierte en motor estético. En lugar de pintar una naturaleza idílica, elige una naturaleza que arde, que se descompone, que se reconfigura. Y, sin embargo, no es un paisaje muerto: es un paisaje activo, en transformación constante.
Influencia del libro ‘Entropy’ de Jeremy Rifkin
El punto de partida intelectual más explícito de Ashes To Ashes aparece en un momento casi doméstico: Di Piazza encuentra un ejemplar de Entropy, del economista Jeremy Rifkin, en la biblioteca de su suegro, mientras trabajaba en “Uomo Nero”. El libro es descrito como controversial, y el propio alcance de Rifkin sobre entropía y termodinámica ha sido cuestionado. Pero esa discusión no es lo que atrapa al pintor. Lo que le interesa es la interpretación filosófica —metafórica— de la segunda ley de la termodinámica: la idea de un desgaste inevitable, de una energía que se disipa, de un orden que tiende a desorganizarse.
Di Piazza toma esa lectura como una herramienta para pensar el lugar del ser humano en el mundo. En un correo traducido, lo formula de manera tajante: “No somos nada y la tierra no nos pertenece”. No lo dice como consigna abstracta, sino como crítica a una noción de progreso que, según él, no considera el peso devastador de las acciones humanas sobre el equilibrio de la naturaleza. La entropía, en este sentido, deja de ser un concepto científico para convertirse en un espejo moral: una forma de nombrar el costo acumulado de ciertas decisiones.
Esa reflexión se filtra en la serie no como diagrama, sino como clima. Las escenas se vuelven cenicientas, humeantes, erosionadas. El mundo parece estar en un estado de combustión lenta, como si la energía se estuviera consumiendo y, al mismo tiempo, liberando. La ceniza —residuo de lo que ardió— encarna esa idea de transformación irreversible: algo ha cambiado de estado y ya no vuelve atrás.
El hallazgo del libro ocurre, además, mientras el artista trabaja en una pieza centrada en un rostro sombrío, con iris ardientes que se elevan y forman nubes densas de humo. Esa imagen, ya en proceso, encuentra en la lectura un marco conceptual: el rostro no es solo figura; es síntoma. La entropía, entendida como metáfora, ayuda a Di Piazza a articular una narrativa donde el “progreso” no es lineal ni triunfal, sino un movimiento que puede acelerar la pérdida de equilibrio.
Impacto de la canción ‘Ashes to Ashes’ de David Bowie
Si el libro de Rifkin ofreció un andamiaje conceptual, la canción de David Bowie aportó el golpe de síntesis: el título y una resonancia cultural inmediata. Di Piazza cuenta que, poco después de su lectura y de su búsqueda de una “energía natural”, escuchó “Ashes to Ashes” sonar en la radio. En ese momento, “todas las piezas de inspiración” que necesitaba para la exposición —incluido el nombre— quedaron en su lugar.
La importancia de esa escucha casual no está en ilustrar la canción, sino en cómo un elemento de la cultura popular puede cristalizar una intuición artística. “Ashes to Ashes” es una frase que ya circula con múltiples significados; al adoptarla, Di Piazza se inserta en esa cadena de usos, pero la reimagina desde la pintura. El título se vuelve un puente entre referencias reconocibles y un universo visual propio, cargado de humo, brasas y ruinas.
En la serie, la idea de “cenizas” no es un final silencioso. Es un estado activo: la ceniza todavía humea, todavía arde en puntos, todavía se levanta en nubes. Esa cualidad —la de algo que ya fue fuego pero aún conserva calor— encaja con la tensión que atraviesa las obras: creación y destrucción como procesos simultáneos. Las montañas parecen hechas de madera retorcida y carbonizada; los rostros emergen como si fueran parte del terreno; los ojos y bocas expulsan chispas. El mundo no está simplemente devastado: está en plena transformación.
La canción también funciona como disparador emocional. En lugar de un título técnico o descriptivo, Di Piazza elige una frase cargada de memoria colectiva. Eso amplía el campo de lectura: el espectador puede llegar por la referencia musical y quedarse por la densidad pictórica, o al revés. En ambos casos, el título opera como una invitación a pensar en ciclos: lo que se quema, lo que queda, lo que se reconstruye.
En términos narrativos, el impacto de Bowie es el de un cierre: después de meses de trabajo y de una reflexión sobre energía, progreso y destrucción, el título aparece como una forma de nombrar lo que ya estaba ocurriendo en los lienzos. No impone un significado único, pero sí orienta la mirada hacia la materia central de la serie: la ceniza como origen y destino.
Representación del progreso humano y la naturaleza
En Ashes To Ashes, Fulvio Di Piazza construye una alegoría visual donde el progreso humano aparece como una fuerza que altera —y puede devastar— el equilibrio natural. No lo hace mediante escenas urbanas o maquinaria explícita, sino a través de un mundo imaginario que parece posterior a un gran desgaste: paisajes cubiertos de ceniza, montañas humeantes, incendios latentes, lava y humo que se derrama por los bordes de la composición. La naturaleza, aquí, no es un refugio; es un campo de tensión.
El artista plantea una oposición que atraviesa toda la serie: la “energía natural” frente a la energía que el ser humano intenta producir diariamente “en nombre del progreso”, que en su caso “significa destrucción”. Esa frase no se traduce en un mensaje cerrado, sino en una atmósfera insistente. Los cuadros muestran un planeta que parece arder desde dentro, como si la energía estuviera siendo extraída, forzada o desbalanceada. La ceniza, omnipresente, sugiere el resultado de una combustión prolongada: lo que queda cuando la materia se ha consumido.
La representación del progreso se vuelve más inquietante porque no se presenta como un evento puntual, sino como un proceso acumulativo. Las plumas de humo que salen “de todas las esquinas” de las pinturas y las brasas que saltan desde ojos y bocas convierten a los personajes-paisaje en testigos y víctimas. El mundo, literalmente, habla en humo. Y al antropomorfizar montañas y nubes, Di Piazza borra la frontera entre lo humano y lo natural: el daño no está “afuera”, sino incorporado al rostro del paisaje.
Esa estrategia también refuerza una idea de responsabilidad. Si la montaña tiene cara, si el humo se vuelve ceja, si la ceniza forma piel, entonces la naturaleza deja de ser un fondo distante. Se vuelve sujeto. En “Uomo Nero”, por ejemplo, el rostro central —basado en la propia cara del artista— termina evocando “el dios de la catástrofe”. Di Piazza sugiere que podría ser una metáfora de la ignorancia humana, aunque aclara que esa es solo su interpretación. La obra, como el resto de la serie, mantiene un margen de misterio: invita a discernir orígenes, pero no entrega una explicación única.
En conjunto, Ashes To Ashes propone una dimensión “entre lo real y lo irreal”. Ese espacio intermedio permite que el comentario social exista sin convertirse en panfleto: la crítica al progreso destructivo se siente en la materia del cuadro, en su ceniza, en su humo, en su fuego contenido.
Origen y residencia de Fulvio Di Piazza
Fulvio Di Piazza nació en Siracusa, Sicilia, pero fue criado y continúa residiendo en Palermo. Ese dato biográfico, lejos de ser anecdótico, ayuda a entender una parte del clima emocional de su obra: la convivencia de belleza histórica, capas culturales y tensiones urbanas que marcan a la capital siciliana. El propio artista describe Palermo como un “melting pot”, un cruce de culturas donde la huella normando-árabe-bizantina se percibe en la arquitectura y el diseño de la ciudad.
Di Piazza subraya que todavía pueden verse “muchos ejemplos maravillosos” de edificios de arquitectura árabe, incluso frente a lo que llama una “terrible invasión de concreto”. Con esa expresión se refiere al auge de desarrollos de construcción que comenzó en la década de 1970 y que, aunque no borró por completo la historia de la ciudad, sí introdujo una presión visible sobre su paisaje. En esa fricción —entre lo que permanece y lo que avanza— se reconoce una de las claves de su imaginario pictórico.
Cuando el artista afirma que “Palermo es la mezcla perfecta entre luz solar y oscuridad”, no está describiendo solo una cualidad atmosférica. Está nombrando una dualidad que se vuelve estructural en su trabajo: lo luminoso y lo sombrío, lo exuberante y lo erosionado, lo natural y lo intervenido. Esa relación tensa entre progreso y belleza amenazada aparece de manera consistente en su obra, y en Ashes To Ashes se intensifica hasta volverse ceniza, humo y fuego.
La residencia en Palermo también sitúa a Di Piazza en un entorno donde la historia no es un decorado, sino una presencia cotidiana. La ciudad, con su mezcla cultural y sus contrastes, ofrece un marco para pensar cómo se construye —y se destruye— un paisaje. En la pintura de Di Piazza, esa reflexión no se traduce en vistas urbanas reconocibles, sino en mundos fantásticos que, sin embargo, cargan con una lógica real: la de un territorio donde la belleza puede ser devorada por fuerzas que se presentan como inevitables.
A esa dimensión se suma su formación: Di Piazza se graduó de la Academia de Bellas Artes en Urbino, Italia. La combinación entre una educación formal y una vida en una ciudad marcada por capas históricas y tensiones contemporáneas ayuda a explicar por qué su pintura puede ser, al mismo tiempo, meticulosa y desbordada; fantástica y crítica; seductora y perturbadora.
Influencias de Siracusa y Palermo en su arte
Siracusa y Palermo funcionan como dos polos en la biografía de Di Piazza: el lugar de nacimiento y el lugar de formación vital cotidiana. Aunque el artista se identifica sobre todo con Palermo —donde fue criado y donde vive—, el hecho de provenir de Sicilia sitúa su imaginario en una isla donde el paisaje natural y la historia cultural conviven de manera intensa. En su caso, esa convivencia se traduce en una sensibilidad hacia lo antiguo, lo persistente y lo amenazado.
Palermo aparece en sus palabras como un cruce de culturas: normando-árabe-bizantino. Esa mezcla no es solo un dato histórico; es una experiencia visual. El artista señala que aún se conservan ejemplos notables de arquitectura árabe, visibles “especialmente” frente a la expansión del concreto. La frase “terrible invasión de concreto” condensa una percepción crítica: el desarrollo urbano como fuerza que puede cubrir, desplazar o asfixiar lo valioso.
Esa tensión se vuelve una matriz para su pintura. Di Piazza no pinta Palermo de manera literal, pero sí traslada a sus mundos imaginarios la sensación de un equilibrio frágil: algo bello que puede ser tragado por algo más agresivo. Cuando describe la ciudad como “la mezcla perfecta entre luz solar y oscuridad”, ofrece una clave estética: su obra no se instala en un solo registro. Incluso cuando sus primeras piezas eran “llenas de luz” y ricas en color, ya existía una voluntad de construir densidad, de llevar al espectador a un “laberinto” vegetal. Más tarde, cuando esos bosques comenzaron a desmoronarse y aparecieron ruinas, hollín y grises, la dualidad se hizo más explícita.
Siracusa, como origen, y Palermo, como residencia, se leen entonces como capas de pertenencia. La influencia no es un catálogo de motivos, sino una forma de mirar: entender el paisaje como algo vivo, atravesado por historia y por fuerzas de transformación. En Ashes To Ashes, esa mirada se radicaliza: el paisaje ya no solo está en tensión, está en combustión. Pero la lógica de fondo —la belleza amenazada por el avance— ya estaba presente en la manera en que el artista describe su ciudad.
Primera exposición en solitario en Nueva York
Ashes To Ashes fue la primera exposición individual de Fulvio Di Piazza en Nueva York, un hito que llega después de una trayectoria sostenida desde mediados de los años noventa. La muestra también fue su segunda exposición individual en Estados Unidos: antes había presentado obra en Los Ángeles en 2008. Ese dato ayuda a dimensionar el momento neoyorquino no como un debut absoluto en el país, sino como una consolidación: la llegada a una plaza central del circuito artístico con una serie especialmente cohesionada y ambiciosa.
La exposición en Nueva York se articuló alrededor de un conjunto de pinturas realizadas en un periodo de trabajo concentrado: Di Piazza dedicó seis meses a desarrollar Ashes To Ashes. El tiempo importa porque sugiere un proceso de inmersión total en una materia difícil de representar: la ceniza. El artista asumió como desafío capturar la esencia de una sustancia “tan fina al tacto”, y para ello estudió una fotografía de un paisaje cubierto por ceniza volcánica hasta encontrar la paleta adecuada. En otras palabras, la serie no se sostiene solo en la imaginación; también se apoya en observación y ajuste cromático.
En el centro del proyecto aparece “Uomo Nero”, la primera pieza que abordó dentro de la serie. El cuadro está construido alrededor de un rostro severo, con iris en llamas que ascienden y se convierten en nubes densas de humo, a modo de cejas. Para ese rostro, Di Piazza utilizó su propia cara como base. El resultado final le hizo pensar en “el dios de la catástrofe”, una figura que podría leerse como metáfora de la ignorancia humana, aunque el artista insiste en que esa es solo una interpretación posible.
Como primera individual en Nueva York, la muestra también puso en primer plano una cualidad constante de su trabajo: el misterio. En sala, esa intención se traduce en imágenes que parecen narrativas pero no se dejan fijar en una época concreta. Son mundos que se sienten antiguos y futuros a la vez, como si el tiempo estuviera suspendido en una combustión perpetua.
La exposición neoyorquina, en suma, funcionó como una presentación de alto impacto: no solo por el tema —progreso, destrucción, naturaleza—, sino por la manera en que la técnica minuciosa sostiene un comentario social abierto, sin cerrar el sentido.
Trayectoria de exposiciones individuales de Di Piazza
Fulvio Di Piazza se graduó en la Academia de Bellas Artes de Urbino, Italia, y ha mostrado su trabajo de manera regular desde mediados de la década de 1990. En ese recorrido, acumuló trece exposiciones individuales, principalmente con galerías en su país, además de participar en numerosas muestras colectivas. Ese volumen de exhibiciones sugiere una práctica constante y una evolución sostenida, más que una aparición repentina asociada a una sola serie.
La trayectoria es relevante para entender Ashes To Ashes como un punto de inflexión dentro de un proceso más largo. La naturaleza ha sido un foco persistente en su obra, pero no siempre se manifestó con la misma tonalidad. Di Piazza describe sus primeras piezas como “llenas de luz” y ricas en color, con una naturaleza “irónica y alegre”. En esa etapa, el color era central: la idea era que el espectador recibiera primero el impacto cromático y luego se perdiera en lo que el artista llama un “laberinto de la vegetación”. Sus composiciones estaban densamente pobladas de flora, hasta el punto de camuflar formas humanas dentro del follaje.
Un ejemplo de esa fase es su pintura “Ficus” (2003), donde casi cada centímetro del lienzo está cubierto por vegetación y hace falta más que una mirada rápida para detectar una forma humanoide escondida entre las plantas. Ese detalle no es menor: incluso en la exuberancia, ya estaba presente el juego de ocultamiento y revelación, la invitación a mirar con paciencia.
Pero Di Piazza sintió la necesidad de sacudir un estilo que le estaba funcionando. Los bosques espesos que construía comenzaron a desmoronarse. En su universo aparecieron ruinas, ramas golpeadas, tonos negros y grises de hollín, mezclados con naranjas y rojos intensos de fuego y lava. El artista necesitaba que su mundo fantástico se degradara para poder reconstruir las narrativas dentro de él. Ashes To Ashes se inscribe en esa lógica: no es solo destrucción, es también reconfiguración.
Visto desde su trayectoria, el paso hacia paisajes humeantes y cenicientos no es un abandono de la naturaleza, sino una transformación del modo de representarla. La naturaleza sigue siendo protagonista, pero ahora aparece atravesada por la tensión entre energía y desgaste, entre belleza y amenaza. Esa continuidad —cambiar sin perder el eje— es una de las claves para leer su carrera: un universo en evolución constante, que nunca queda fijado en un periodo de tiempo específico y que mantiene abierto el comentario social sin renunciar a la fantasía sublime.
Reflexiones finales sobre ‘Ashes to Ashes’
La dualidad de la naturaleza en la obra de Di Piazza
La serie Ashes To Ashes condensa una dualidad que ya estaba latente en la obra de Di Piazza: la naturaleza como fuente de energía y, al mismo tiempo, como escenario de desgaste. En sus primeras etapas, el artista se movía en un registro de luz, color y exuberancia vegetal; más tarde, esa misma naturaleza comenzó a resquebrajarse, a oscurecerse, a llenarse de ruinas y hollín. No es un cambio de tema, sino de temperatura emocional.
En Ashes To Ashes, la naturaleza no aparece como un “afuera” puro que el ser humano observa desde lejos. Aparece antropomorfizada: montañas con rostro, humo que se convierte en rasgo facial, brasas que salen de ojos y bocas. Esa estrategia visual hace que el paisaje parezca vivo, casi consciente. Y al hacerlo, vuelve más incómoda la pregunta de fondo: ¿qué significa intervenir un mundo que, en la pintura, literalmente nos mira?
La dualidad también se expresa en la materia: la ceniza es residuo, pero también es suelo; es final, pero también es condición para recomenzar. El mundo “se construye y se consume” por la misma sustancia. Esa idea cíclica evita una lectura simplista de apocalipsis: no hay solo colapso, hay transformación. Sin embargo, la transformación no se presenta como redención automática, sino como un proceso cargado de pérdida.
La frase del artista —“Palermo es la mezcla perfecta entre luz solar y oscuridad”— puede leerse como un eco de esta serie: incluso cuando todo parece arder, hay una belleza formal intensa en la manera en que el humo se despliega y el color se concentra en rojos y naranjas. La naturaleza, en Di Piazza, es simultáneamente sublime y amenazada.
Impacto cultural y ambiental de la serie
El impacto de Ashes To Ashes se sostiene en su capacidad de conectar referencias culturales reconocibles con una reflexión ambiental abierta. El título, tomado de una canción de David Bowie escuchada en la radio, introduce una frase que ya circula en distintos ámbitos —de lo ritual a lo pop— y la reubica en un universo pictórico donde la ceniza es protagonista. Esa operación cultural es eficaz: el espectador puede entrar por el lenguaje compartido del título y encontrarse con una iconografía que no se agota en la referencia.
En el plano ambiental, la serie se articula alrededor de una crítica a la idea de progreso entendida como producción constante de energía a costa del equilibrio natural. Di Piazza lo expresa sin rodeos: el ser humano, con su idea de progreso, no considera la carga devastadora de sus acciones sobre la naturaleza. En los cuadros, esa carga se vuelve visible como humo omnipresente, paisajes carbonizados y una atmósfera de combustión sostenida.
La influencia del libro Entropy de Jeremy Rifkin —tomada por el artista en un nivel metafórico— refuerza esa lectura: la entropía como imagen de desgaste, disipación y pérdida de equilibrio. Sin convertir la pintura en ilustración científica, Di Piazza logra que el concepto se sienta en la piel del mundo que pinta: un mundo donde la energía se libera como fuego y se deposita como ceniza.
Culturalmente, la serie también dialoga con una sensibilidad contemporánea que reconoce la belleza en lo inquietante. Di Piazza combina una técnica meticulosa con escenas de ruina y transformación, y en esa mezcla produce una experiencia ambivalente: atracción y alarma, fascinación y sospecha. El impacto, en última instancia, no depende de un mensaje único, sino de la persistencia de sus imágenes: rostros en montañas, humo como cejas, brasas como lenguaje.
El legado artístico de Fulvio Di Piazza
El legado de Fulvio Di Piazza, tal como se percibe a través de Ashes To Ashes y de su trayectoria, se apoya en una coherencia poco común: la construcción de un universo propio que evoluciona sin perder sus obsesiones centrales. Desde mediados de los años noventa, el artista ha expuesto con regularidad, acumulando trece exposiciones individuales —principalmente en Italia— y numerosas colectivas. Esa continuidad le permitió desarrollar un lenguaje donde la naturaleza no es un motivo decorativo, sino un campo narrativo.
En su obra, la técnica no es un fin en sí mismo, pero sí un vehículo decisivo. La minuciosidad con la que representa texturas —como la ceniza, tan difícil de fijar en pintura— sostiene la credibilidad de un mundo que, por definición, es fantástico. Di Piazza busca llevar al espectador a una dimensión “entre lo real y lo irreal”, y lo logra porque su detalle hace que lo imposible parezca tangible.
Ashes To Ashes marca un momento clave dentro de ese legado por varias razones: por la concentración del trabajo (seis meses dedicados a capturar una paleta específica), por la claridad conceptual (energía natural vs. progreso destructivo), y por su importancia en la circulación internacional (primera exposición individual en Nueva York, segunda en Estados Unidos tras Los Ángeles en 2008). La serie muestra a un artista capaz de transformar influencias diversas —un libro controversial, una canción escuchada al azar— en un cuerpo de obra cohesionado.
Finalmente, el legado de Di Piazza también reside en su negativa a cerrar el sentido. Incluso cuando sugiere que “Uomo Nero” podría ser metáfora de la ignorancia humana, aclara que es solo su interpretación. Ese margen de ambigüedad es parte de su fuerza: sus pinturas no dictan una conclusión, pero sí instalan una pregunta persistente sobre lo que llamamos progreso y sobre el precio que paga la naturaleza cuando ese progreso se vuelve invasión.
Fuente y alcance
Este artículo es una lectura y síntesis en español basada en el texto “Ashes To Ashes: The Paintings of Fulvio Di Piazza” de Liz Ohanesian, publicado por Hi-Fructose Magazine: https://hifructose.com/2026/01/27/ashes-to-ashes-the-paintings-of-fulvio-di-piazza/
Las citas atribuidas al artista provienen de ese material (incluido un correo traducido mencionado en la fuente).
Nota editorial: desde el blog del Museo Soumaya, el enfoque aquí es ofrecer contexto y claves de lectura sobre arte contemporáneo a partir de fuentes publicadas, manteniendo la interpretación abierta que el propio Di Piazza sugiere para su obra.
